Hay algo raro en esas pinturas medio ingenuas y por momentos infantiles, parecen ligeras pero cargan algo denso en su interior. En los retratos, los claros semblantes se cargan con sombras tristes y en las escenas, muchas veces coloridas y variadas, flota un ambiente lánguido y pesado. Alfredo Gramajo Gutiérrez es una pieza clave de la historia nacional del arte y casi un mito en Tucumán. Su biografía dice que había nacido en 1893 en la localidad de Monteagudo, casi en el límite con Santiago, donde vivió hasta la muerte de su padre. Después de la tragedia el resto de la familia se trasladó a la ciudad.

Él mismo contaba así sus primeros pasos en el arte: “comencé a trabajar en Tucumán en 1907. En 1911 asistí a las clases de la Sociedad de Estímulo de Bellas Artes (ya en Buenos Aires) y expuse por primera vez en 1918 en el Salón Nacional”.

Desde el comienzo tiene un tremendo éxito. En una Argentina que empieza el siglo con los bolsillos llenos de dinero, la demanda de una identidad nacional lo pone en el medio de la escena; es propuesto como “el pintor nacional” por Leopoldo Lugones en 1920. Entre muchos reconocimientos, durante esa década el Estado francés le compra una pintura para el Museo de Luxemburgo y obtiene la medalla de oro en la Exposición Iberoamericana de Sevilla. En los próximos 20 años formará parte de casi todos los envíos culturales de Argentina al exterior. Expuso en Roma, Venecia, Londres, París, Madrid. Consagradísimo, a mediados de los 50 le otorgan el Gran Premio de Honor del Salón Nacional.

Genio popular

Eso de infantil y ligero hay que tomarlo con pinzas; sus obras son hábiles construcciones. Diseño, decoración, síntesis, dramatismo, humor, se ponen en juego en sus imágenes para evocar la vida rural del Noroeste. En esa modernidad de los 30, definida por Beatriz Sarlo como “periférica”, el señor Gramajo, tanto como Alberto Prebisch, Pablo Rojas Paz, Valentín Thibon de Libian y otros tucumanos, mueven hilos más periféricos todavía para exponer el corazón oculto de ese ser nacional.

Una muestra le brinda a Gramajo Gutiérrez el homenaje que tanto se hizo esperar

Enfrentado al deslumbramiento urbano y maquinal de los primeros años del siglo, el costumbrismo “en clave criollista o indigenista” que domina a las provincias del norte es sacudido por una obra que se resiste a abandonar la ruralidad del interior. Sus personajes, que portan la esperable “resignación casi cósmica del primitivo mundo americano”, viven en mundos coloridos y prístinos donde la línea y el dibujo ordenan todo.

Celia Terán describió así su estilo: “apoyándose en la coloración real la supera y amplía mediante el uso de tintas concentradas y fuertemente saturadas, apenas moduladas y, en zonas, francamente planas. Una línea ruda, tajante, aísla cabalmente los planos. Logra así un efecto alveolado, como de vitral”.

Aquí vale dar un detalle que muestra lo especial del personaje. Sin haber gozado de los viajes de formación en talleres europeos, parece ya conocer las técnicas y estilos modernos, o no necesitarlos. Entre su experiencia infantil y el aprendizaje porteño tuvo suficiente. Aquí no hay Escuela de Pont Aven, o Gauguin, o Lautrec. Terán resalta así sus “fuertes dotes de decorador” tanto como su capacidad retórica: “supo decir su verdad con ese humor sombrío, con esa agudeza y también con esa poesía -desencantada y sonora- tan única de nuestra gente”.

El desconocido

Decía al principio que Gramajo es un mito en Tucumán porque, más que visto, fue loado y festejado pero se expuso muy poca obra en la provincia. Su combinación de apellidos con doble G funciona como un mantra para la comunidad artística nacional, pero mientras en Buenos Aires se ven sus obras no sólo en museos sino en despachos de funcionarios de segunda, en Tucumán brillan por su ausencia, por lo que las genuflexiones se hacen al vacío y, debemos aclarar, esto no es de ahora. Ya ocurría en su época de gloria.

La ingratitud de Tucumán con sus artistas es providencial. Dos pintores muy populares en los 40 y 50, Demetrio Iramain y Osorio Luque, fueron grandes admiradores de su pintura, pero esto no movió mucho el amperímetro. Sus pinturas siguieron sin aparecer. Así se fue forjando la leyenda del desconocido, el maestro olvidado, “cuyos méritos y valores fueron reconocidos por el país y por el mundo sin serlo nunca por ésta, su provincia de los ojos cerrados” decía el crítico Alberto Pérez.

Y la iniquidad se trasladó hasta el día de hoy: apenas hay tres pequeños dibujos en el Museo Provincial de Bellas Artes, pero ¿se le puede pedir a esta gestión del Ente Cultural que compre obras para su acervo (nuestro patrimonio) cuando no se pagan los compromisos asumidos con la actual comunidad de artistas? Parece que no, que estamos lejos. En su momento el mismo artista tuvo con usar con amargura la frase: “nadie es profeta en su tierra”.

Esa comunidad de colegas trató periódicamente de salvar la falta. En 1996, otro pintor local fuera de serie, el también enigmático Fued Amín, publicó junto a Alberto Pérez un libro artesanal de apenas 100 ejemplares en su homenaje. Ahora se suma (aplausos) la iniciativa de la Galería Fausto para exponer algunas obras suyas en Tucumán; nunca es tarde para salvar las faltas.

El diablo

Una cara huesuda con la mirada inexpresiva habita en un cuerpo que parece no tener tono muscular. En varias fotos se nota que quiere sonreír pero no le sale. “La ciudad me hace pensar en mi pueblo, y mi pueblo en el pasado”, dijo en algún momento. “Nací en un paisaje gris, en un poblado tucumano donde el diablo andaba suelto saturando el paisaje con su aliento e induciendo, a los vecinos, en cosas de misterio y de brujería”. Pero a no dejarse confundir, se refería a algo que tenía guardado adentro.

“Tenía los ojos fijos en su mundo interior. Su obstinado silencio no era más que fervorosa atención para aquella humanidad que se movía en su alma”, decía un amigo de la infancia, el escritor Valentín de Pedro, que lo entrevistó en LA GACETA en febrero de 1942. Dejemos entonces que este amigo siga el relato, porque la sal del arte es la vida y ahí no hay ningún diablo, capaz que fantasmas, y donde las cosas malas no andan sueltas sino atadas adentro de una casa.

De Pedro contó que de niños vivían en casas muy cercanas en la calle Córdoba. “Su hogar estaba lleno de un misterioso encanto para mí, que me seducía y me inquietaba: al entrar en alguna de sus habitaciones me sobrecogía a veces como si me envolviese una atmósfera de trasmundo, como si me pusiera en contacto con lo sobrenatural. El padre de Alfredo había muerto hacía poco tiempo y su madre, más que en sus negras ropas de viuda, se me aparecía envuelta en una oscura pena que yo no alcanzaba a comprender sino a través de medrosos presentimientos. Y veían a todas las personas de su casa moverse a su alrededor sigilosamente, como para no distraerla de su dolor. Había venido a la ciudad después de la muerte del padre, y dijérase que con ellos habían traído esa vida profunda, misteriosa, visionaria y callada de las gentes del interior, donde habían vivido hasta entonces”.

En ese interior, en esa casa oscura, ese niño era un mago, tenía la capacidad de un taumaturgo, conocía la secreta magia de transformar lo oscuro en claro y lo enfermo en sano. Ese sí fue un don que tal vez le dio el diablo.